Guardo tus manos, que iban poniendo
musgo en mis roquedales
desnudos y no guardo
los brotes perecederos.
Guardo tus ojos, en los que iba viendo
pasar el barco de la dicha y no guardo
los arreboles del ocaso, que teñían
de sangre y oro nuestro amor.
Guardo tu dolor y no guardo
los golpes y las ramas cortadas.
Porque somos lo que hemos sido.
Porque el tiempo no existe:
Lo que existe es la historia.
Rafael Guillén
***
[Nota: imagen de Vilhelm Hammerskoi. El subrayado es mío]