IV
Una mujer y un hombre pueden, por ejemplo,
entrar en un hotel (ese templo escondido
que de sólo invocarlo se aparece)
y amarse a plena luz del día.
Pero una mujer y un hombre deben antes
entrar en un cine aunque jamás se enteren
de lo que ocurre en la pantallla
y él mire la pelusa de durazno en su mejilla
y ella le oprima el muslo cuando sienta miedo.
O una mujer y un hombre pueden
salir a caminar y que la mano de él parezca
prolongación de la cintura de ella
y que entonces sea mayor la cadencia
del camianr de la mujer,
porque a eso sólo se parece
un barco en altamar
algunos días de primavera.
O pagar el café ya frío cuando los ojos
y las manos han dicho sí mil veces.
Y ya sin tocarse, hacerse o decir nada,
una mujer y un hombre pueden, finalmente,
entrar en un hotel y darse el cuerpo
dejar abierta la ventana para dejar que pasen
la brisa caliente de los parques,
el oleaje de los que salen del cine,
el tintineo de cucharillas contra tazas,
la débil voz que va diciendo "así".
Vicente Quirarte