
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.
Fábio Morábito
Imágen: Balcón de La casa del convento, que perteneció a mi tía-abuela
[Nota: ahora que empiezo a poner todo en esas cajas; ahora que veo las grietas en el vidrio, me convenzo de que es cierto; este espacio ya no es mío y sin embargo tiene cosas mías. Habrá que irse, taparle los ojos a los muebles para no volver a ver lo que en ellos habita...habrá que esperar un poco, a que olviden lo que yo voy olvidando en cada espacio vacío, en el polvo aun testigo debajo de la cama, en cada rincón que se pierderá en la mirada nueva de los inquilinos que no sabrán ver la lágrima en el quicio de la puerta cuando parta...]