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Fragmentos



Cuando llegué a mi casa lo primero que quise fue darme un baño, por horas. Volver a ver el azulejo y sentir que eso era mío, que estaba allí y que a pesar de mis años mi madre iría a darme las buenas noches, y apagaria la luz.

Cuando la vi, después de dos semanas de sólo hablar por teléfono y mandar mensajes cuya respuesta llegaba, a veces, tres días después al pasar junto algún poste de luz que inexplicablemente atraía la recepción, cuando la vi, pues, espere. No la abracé. Más bien estaba preocupada por las cosas que faltaban por acomodar. Salí con la toalla de baño. No cabía en la maleta. Mi padre la puso en el carro. Después, todos nos despedimos. Y yo los abracé. Quería darle besos a todos, decir que algún martes de lluvia me imaginé la mañana en Macondo y que extrañaría jugar avión con la china; o que las tardes su madre hiciera chicharrines y que me explicaran como se cocinaba algún mole... o que me enseñaran a comer guajes.

Mientras estuve allí hice una gelatina, con brandy. Le conté a la señora que en mis viajes a Huatla el doctor me había invitado un par de cervezas. Y pensaba en los perros en el precipicio. Y los ojos de la doctora.

Y Rulfo...

Y un taxista que me pidió ser su amiga... y en la siguiente madrugada tuvo un accidente, de regreso a su casa.

***

En David, que tuvo los huevos para decirme las cosas. A R, con sus ojos bajos, a las dos de la mañana, sentados en la orilla de la carretera. En las formas de las nubes, en los murmullos que oí enmedio del campo y la madrugada a los que grite, sin respuesta.


De la serpiente que casi piso en la barranca.

De la serpiente junto a mi cuarto.


En el perro que me convertí un día, arrinconada, para no pensar en los trastes venturosos y en que la vida es sencilla y uno no debe llorar frente a la gente.

En el ardor de ciertos dias.

En la modesta felicidad de otros.

En las piedras que me faltaron recoger...












Llueve

Llueve.

No tengo teléfono en casa, a unas cuadras la lluvia y la tarjeta mojada dentro de la cabina. Una lada que saldrá en cuatro pesos el minuto. Mi computadora en la mochila, pienso en encargársela al chico de la tienda, pero el teléfono ya está marcando. Contestan, es su hermano, lo llama.

Oigo que antes de hablar por la bocina, carraspea. Sabe que soy yo, piensa que estoy allí, a pocos pasos, y que le preguntaré a que hora nos veremos. Exclama ¿cómo estás? Contesto que debajo de la lluvia, y entonces cambia su tono de voz: “eso quiere decir que estás lejos”


[¿Por qué te fuiste lejos?]


Lejos, pienso, y entonces me salen las palabras y me tiembla la voz: tuve una emergencia… quería, de verdad quería verte.


No miento, en esto último no miento. Te llevaba una película, exclamo, X, ¿ya la viste? No la veas, te la llevo.

No te preocupes, estamos a merced de la causalidad… murmura.


... de verdad, estaba emocionada. Quería verte.

Yo también, responde.

Y le cuento, como Alonso me contaba, una historia extraordinaria…


***

No volveremos a vernos, lo sé, en varios meses.


***

Y llueve.

Llueve.

Como para salir a enchubascarse

…aunque haya parado, maldita sea, de llover.

[Nota: Imagen de Simon Larbalestier]